jueves, 7 de noviembre de 2013

Vampire. Capítulo 1.

Aún me inquieta la, obviamente falsa, seguridad con la que aquel día me enfrente a Chris.
   No enfrentar en el sentido literal de la palabra. Aunque, de haber sido así, no me cabe duda de que podría haberle vencido. Y eso es porque llevo luchando desde que tengo uso de conciencia. Mi vida, ha sido, es y será complicada. Es algo que ni el tiempo cambiara.


Corrí cuanto mis piernas y la espesa lluvia, que tan repentinamente había caído, me permitían. De no llevar varias horas jugando al gato y al ratón con aquellos... ¿cómo llamarlos? personajes, no me hubiera sentido agotada ni hubiera sentido la necesidad de buscar un escondite y cobijo. Tengo mis capacidades al igual que tengo limitaciones.
   No conocía el nombre de aquellos individuos —y la verdad es que nunca llegé a conocerlos— cuando se ofrecieron a invitarme a beber "algo" al regreso de casa de Miri. Y tampoco conocía sus nombres cuando me negé. No los conocí, ni a ellos ni a sus nombres, cuando uno aferró mi brazo con fuerza para que no diera un paso más. Y creo que mucho menos me los darían cuando le prominé, clarísimamente en mi defensa, una patada donde las señoritas como yo deberíamos abstenernos de patear.
   Creo que a nadie le gustan las patadas. Y creo que mucho menos en lugares altísimamente sensibles. Fue, como quien dice, un momento incómodo.
   Pero, ni tenía humor para aguantar tonterías ni era amiga del tiempo. Conociendo a Rick; se impacientaría al ver mi demora marcada en su estúpido reloj de marca, el cual le había regalado yo —cosa de la que ahora me arrepiento—.

Corriendo sin lograr ver entre la capa blanquecina, o tal vez grisácea, de la lluvia había llegado un bosquejo algo alejado de lo que era la ciudad, tampoco muy alejado. Me sorprendió tropezar con un vallado el cual citaba "Próxima apertura; Hotel Lachlan". Pero no sé que me sorprendió más; el poder que podía tener tan solo un apellido o el haber logrado leer lo que ponía pese a la lluvia constante.
   Los Lachlan son una familia de lo mas prestigiosa y acaudalada. Dueña de varias propiedades por todo el mundo, y dueños del instituto al que iría dentro de no muchos días. Estos, eran de origen Escoces, si no recordaba mal.
   No los conocía, ni había interés de hacerlo. Pero había leído con anterioridad sobre las personas que vivían allí, en Hallowfell.
   Y tras descubrir a los Lachlan, descubrí otros tres pilares fundamentales del lugar:
La familia Scott, los cuales son dueños, según decían los artículos, de la ciudad. Arthur Scott mantiene el cargo de presidente del lugar, y no solo eso, es un empresario bastante famoso entre estos; un empresario piraña. Ya sabéis, aquellos que se toman este oficio como un tablón de ajedrez y no hacen mas que comer fichas.
   Los Vryuzas, de origen italiano. Familia de pocos miembros, compuesta por empresarios, abogadas y juezas. Sustentan gran parte de la economía de Hallowfell. Y también son dueños de algunas propiedades del lugar, como el acuario Le Petit o el prestigioso restaurante Le Font Vryuzas.
Y por último los Thomas, una familia de varios miembros, si no había leído mal.
    Esta familia se había ocupado desde haría varias décadas de la historia y la cultura de Hallowfell. Al igual que de la seguridad y consistencia. La familia Thomas era bastante querida y agraciada entre estos cuatro, y con frecuencia organizan fiestas para el beneficencia en el que se presentan mas personas importantes.

Cerré los ojos jadeando, estaba empapada, manchada de barro y con el corazón en un puño. Miré de un lado a otro observando la construcción. Había varios montones de vigas de hierro tendidas sobre lo que era el terreno de construcción. Algunas ya estaban unidas formando la estructura de lo que sería el hotel. Mas allí, había varias cabinas. Arqueé la ceja derecha, curiosa, rezando que algún peón de obra despistado hubiera dejado al menos una abierta.
   Corrí hacia ellas reuniendo fuerzas, forcejeé en la primera y no hubo suerte. Estaba cerrada a cal y canto y si seguía intentando abrirla acabaría rompiendo el pomo y aquello no me servía de nada. Lo intenté con la segunda, pero no obtuve mas que el mismo tedioso resultado.
   Lo volví a intentar. Esta vez la puerta estaba abierta. No estaba acostumbrada a rezar, ya que no soy una persona, digamos, muy amigable con El Grandullón. Pero es verdad que en algunas ocasiones es de gran ayuda. Y aunque otras personas como yo no se lo agradecerían, yo lo hice.
   Cerré la puerta de un portazo, coloqué la seguridad, y me alejé de ella jadeante y cansada. Dentro de la cabina no había gran cosa. Una pequeña nevera blanca, la cual tan solo contenía cerveza fresca y ensalada en bolsas. Una mesa algo grande llenaba el silencio con sus montoncitos de hojas que notificaban cosas que no entendía y que creía mejor no entender por el momento. Había un pequeño sofá deteriorado por el tiempo. Este era amarillo, pero no un amarillo natural. Era un amarillo que antes había sido blanco, el tiempo no se apiadaba con nada. Lo demás eran cosas irrelevantes.
  Me acerqué a lo que era un sofá y me senté empapando las telas y pensando del amarillo al gris oscuro. Intenté respirar hondo y tranquilizarme. Agudicé  el oído, pero tan solo escuchaba los gritos de vidas cortas, húmedas y puras.
Estiré tanto brazos como piernas y me dí cuenta de que tenía los músculos tan cansados como adoloridos por el esfuerzo. Nunca antes había tenido que huir.
Pasarían diez minutos, pero tan solo escuchaba la lluvia. Tiritaba del frío y de tanto en tanto me castañeaban los dientes. Fruncí el ceño, molesta, y los apreté para que aquello no volviera a ocurrir.
   Mantenía los oídos agudizados en todo momento, era parte de mi naturaleza; hubo un instante en el que dejé de escuchar como el agua martilleaba el suelo de la construcción. Me levanté, algo más descansada, acercándome a la puerta. Aquella cabina, al igual que las otras, no tenía ventanas en su interior, por esa razón tuve que retirar el seguro que tenía. Al hacerlo, me asomé un poco para observar si todo estaba tranquilo y no había nadie.
   Una parte me decía, mas bien me gritaba, "Quédate donde estas, no te muevas, se precavida." La otra, posiblemente algo más propia de mi, me incitaba a echar a correr y llegar junto a Rick, una vez con él no tendría porqué seguir huyendo.

Me había dado cuenta de que ya era muy tarde pues el cielo estaba oscuro —se veían alguna que otras estrellas salpicando la noche pero eso solo atenuaba mis nervios—, pero no me imaginaba la hora. Solo había pensado que Rick estaría esquizo  maldiciendo mi tardanza, como hacia cuando algo no le salia bien. Sabía nadie cuantos cigarrillos se habría fumado ya.
    Arrugé la nariz al mismo tiempo que me recorría un escalofrío. No supe identificar el porqué ¿era una advertencia de que me quedara donde estaba? ¿o tal vez un silencioso "si" que me decía que Richard estaría taquicardio ensuciando sus pulmones con nicotina?
Fuera lo que fuese, lo ignore. Salí de la cabina con sigilo, notando el lodo entre mis pies desnudos —como comprenderéis, los tacones no son propios para correr— y la brisa fresca de la noche. Si hubiera habido arboles en el lugar, sus hojas se habrían columpiado y se escucharía el roce de unas contra otras.
  Cerré la puerta y caminé durante pocos segundos observando lo que antes mi vista no lograba ver. Respiré ondo, sentí un cosquilleo en el pecho que asocié a los nervios, y eché a correr.
   Era rápida, lo sabía. Sin embargo algo me detuvo al intentar salir del recinto.
Era un hombre, o tal vez un joven —no soy buena calculando edades—, y aún al abrigo de la noche, pude observar que su cabello era rubio quizá pajizo y sus ojos de algún color que no identifique. Su rostro mantenía una mueca absurda que dio paso a una sonrisa hipócrita cuando me vio.

   —Eres escurridiza, muchacha.

Su voz era joven, pero tenía un tono que me hizo odiarlo aun más del tedio que ya tenía sobre los que me perseguían.

Di uno, dos y hasta tres pasos hacia atrás para echar nuevamente a correr, pero choqué contra algo. Más bien alguien.
   Este era grande y corpulento. Me sacaba varias cabezas —y eso que mido uno sesenta...—, de cabello corto y oscuro; como el resto de su cara. No lo veía, se hacia sombra a si mismo. Lo que sí pude ver fue la misma sonrisa hipócrita y victoriosa que tenía el otro sujeto.
   Volví un paso sobre los mios y me quedé en medio de ambos. Con el ceño fruncido y la piel de gallina. No por sus presencias que tan solo eran piedras en mi camino, sino por la brisa fresca.
  Un repentino escalofrío me obligó a abrazarme dando una imagen vulnerable. Escuché a uno de estos soltar una leve risa y arqueé la ceja molesta.

  —Si vienes con nosotros no tendrás frío, mi amor.

¿Mi amor? Esa clase de confianza de personas que no conocía, ni ellos a mi, era irritante. Tediosa y me provocaba una gran aversión que pocas veces controlaba.

Seguí abrazándome, alcé la vista y pude ver en los ojos del primer sujeto un brillo que no supe identificar. Pero me daba la sensación que no era nada bueno. Levanté ambas cejas mostrando falsa incredulidad, y pasados unos segundos, dejé escapar una risa cortante.

   —Que te haya dado una patada en tus partes, no es para que te tomes esas confianzas, mi amor.

Ví como este levantaba un poco la cabeza tal vez ofendido o sorprendido de que hubiera hablado. También escuché al otro dejar escapar una risilla que había estado aguantado.
   El rubio mostró un semblante serio. Me agarró del brazo, como había hecho con anterioridad, cuando me ofreció beber algo con él, y me estampó contra una de las vigas que formaban las estructura del Hotel Lachlan.
Mostré un ademán doloroso. Me dí cuenta de que no había descansado bien, y que mis músculos aún estaban cansados y adoloridos.
   La viga estaba fría, lo que hizo que mi piel se erizara mas como un gato. Sopló una brisa fuerte, y aquello no me ayudo para nada. Volví a abrazarme a mi misma en el estúpido intento de resguardarme del frío.
   Aquel sujeto volvió a reír.

   —La verdad es que no estas nada mal —dijo mientras me obligaba a levantar la vista sujetando con fuerza mi barbilla—. Quizá si te portas bien, hacemos algo antes de llevarte con nosotros.

Desvíe un instante la vista hacia el otro individuo que no hacia nada. Solo estaba ahí, de pie, observándonos o curioseando la nada. No se movía ni un ápice de su lugar. Parecía un gorila de discoteca. Es más, creo que si dejaba aquel, podría llamarse, trabajo lo aceptarían de guardia en una discoteca.
   Al escuchar sus palabras, no hice otra cosa que no fuera fruncir aún más el ceño. El hecho de que sujetara de tal manera mi barbilla me impedía: hablar, protestar o escupirle.
   Deslicé la mano derecha por mi brazo izquierdo y la levanté para golpearlo. De no estar exhausta, mis movimientos hubieran sido más rápidos y este no lo hubiera detenido.
   Río y se acercó a mi y a la viga que mi impedía echar a correr hacia atrás.

   —No saques uñas gatita, aún no al menos —volvió a reír con aquel brillo en los ojos que ahora pude entender—. No te hagas de rogar, pasemos un buen rato...

Se acercó y me obligó a abrí un tanto la boca para besarme. Lo que brillaba en sus ojos no era otra cosa que no fuera Lujuria. Noté como intenta abrirla aún mas con la lengua, noté como esta exploraba el resto de mi boca, paseaba por mis dientes e intentaba jugar con mi lengua.
   Fue algo tan rápido, que tardé en reaccionar. Con la mano libre, lo intenté empujar, pero tan solo conseguí que se moviera un poco. Lo suficiente para que apartara sus labios de los mios.
   No me había dado cuenta, pero me ardían las mejillas cuando me miro.

  —Vaaaaya —río con falsa inocencia mientras curvaba una sonrisa picara para hablar— creo haber robado algo. ¿No?

Sentí que me ruborizaba aun mas y con la misma pierna que la que antes le había propinado una patada, le di otra, haciendo que del golpe se alejara un tanto mas.
Pasé el puño cerrado por la boca en el vano intento de limpiar mis labios y me aparté de la viga.

   —Estúpido. —mascullé aún conmocionada por todo lo ocurrido desde me tropecé con ellos.

Noté que las mejillas comenzaban ha arderme un tanto menos, pero el frío que sentía no se pasaba. Era lo que tenía correr durante horas bajo la lluvia y que luego refrescara.
Miré al otro sujeto, quien se había inclinado para ayudar al primero, y tomé ese pequeño lapsus de ventaja para echar a correr.
   Otro acto en vano porque en cuanto hube dado un par de pasos, tuve al grandullón frente a mi , sujetándome con brusquedad de la muñeca y obligándome a volver junto a la viga. A él no podía hacerle nada porque era bastante más grande que yo, y en aquel momento el tenía mas fuerza de la que yo solía tener.
   Creí haber escuchado mi muñeca crujir en algún momento, mientras aquel Gorila me agarraba y me lanzaba nuevamente contra la viga.
Me tambaleé hasta deslizar la espalda por la viga y sentarme, por necesidad de cansancio, en el suelo. Con la otra mano sujetando la muñeca lastimada miré con furia al Gorila y al sujeto que se volvía a incorporar. Creí haberle dado en el estómago, pero parecía ser que otra vez había golpeado donde no debía. Aquello me hizo curvar una sonrisa durante un instante.
   El rubio vio la sonrisa en mi rostro, y molesto me dio una bofetada. Consciente del acto, no terminé de creerme que me hubiera golpeado. No es que creyera que los hombres no pegaban a las mujeres que se entrometían sus caminos, tan solo era que no me lo esperaba.

   —No me hagas dañar una cara tan bonita, mi amor. —rogo con falsa preocupacion.

 —No me hagas dañar una cara tan bonita, mi amor. —rogó con falsa preocupación.

Noté el ardor por el dolor en la mejilla. Por un instante me sentí pequeña, indefensa, vulnerable. O tal vez en aquí instante lo estuve.
   No sabía que hacer. Intentar disminuir el dolor de la muñeca o llevar la mano al rostro para cubrir el lugar donde me había abofeteado.
   Sentí una enorme presión en el pecho cuando se colocó en cuclillas y volvió a aferrar mi barbilla. Necesitaba que Rick estuviera allí, porque yo ya no tenía mas fuerzas.

   —Te contaré un secreto, mi amor. ¿Sabes por qué estas tan cansada? —sonrió— Es porque has bebido cosas que no deberías beber.

Y lo recordé. Al salir de casa de Miri, me había detenido en un café donde pedí lo propio. Abrí los ojos porque no había sentido el sabor de lo que posiblemente aquel sujeto se refería; Berbena. De normal cuando seres como yo, vampiros, bebemos algo que contenga Beberna, lo notamos tan deprisa como nos inmoviliza.
   Aquello debió de ser una dosis bastante mínima para que no la notara. Pero la suficiente para agotarme. Me di cuenta de que podría haber sido la razón por la que me dolían los músculos. El correr horas bajo la lluvia tan solo habían acentuado más el efecto de la Berbena. Y también me di cuenta de que aquellos sujetos, no podrían ser otra cosa que Cazadores.
   Noté como recorría con el pulgar mis labios. Recorría toda la boca y después pasaba una y otra vez el dedo por la franja que separaba el labio inferior del superior haciéndome abrir la boca.
   No sabéis hasta que punto estaba exhausta, que ni me moleste en querer mordelo.
No me malinterpretéis, no es que dejara que lo hiciera. Era que ya no tenía fuerzas y me desvanecía de tanto en tanto en pequeños lapsus de segundos.
   Volví a notar, sin ver, como volvía a aprisionar mis labios contra los suyos.
   Las ganas de clavarle los colmillos para que no lo volviera hacer eran enormes, tan enormes como el querer descansar.
   Volvió hacer lo mismo que lo anterior; exploraba mi boca.
No obstante también sentí, como repentinamente dejaba de besarme —en el caso de que a aquello se le pudiera llamar beso— y desaparecía esa extraña sensación que tenemos todos cuando sabemos que tenemos alguien cerca aunque tengamos los ojos cerrados.
Después de varios segundos, no escuche nada. Entre abrí los ojos, y no había nadie.
   O pude ser que no distinguiera a nadie entre tantas sombras borrosas que veía. Se me había nublado la vista. Me recosté contra la viga, y creo que por unos instantes, perdí el conocimiento, puesto que no recuerdo nada de lo que ocurrió tras ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario